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jueves, febrero 11

moneda cotidiana


Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo que nos desborda, que no significa nada sino permite a los hombres acercarse y conocerse.
La poesía debe ser una moneda cotidiana y debe estar sobre todas las mesas como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos del domingo. Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente a los árboles, que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender a los mercados a la moda, que no se escribe con saliva, con bencina, con muecas, ni el pobre humor de los quieren llamar la atención con bromas de payasos pretenciosos y que de nada sirven los grandes discursos tartamudos de los que no tienen nada que decir. La poesía es un respirar en paz para que los demás respiren, un poema es un pan fresco, un cesto de mimbre. Un poema debe ser leído por amigos desconocidos en trenes que siempre se atrasan, o bajo los castaños de las plazas aldeanas. Pocos saben aquí lo que es un poema,
pocos han puesto su cara al viento en medio de un trigal; pocos saben lo que es un poeta y cómo debe morir un poeta. Tú moriste en un cuarto en donde se congregaba toda la primavera mirando un cesto con manzanas. He visto morir a un príncipe dijo uno de tus amigos
Y este Primero de Noviembre cuando me rodean los muertos que siempre están conmigo y pienso en tu serena y ruda fe que se puede comprender como a una pequeña iglesia azul de pueblo donde hay un párroco que no pide sino compartir su pan.
Tú hablabas con tu Dios como al pobre hijo de un carpintero, pues sabías que también se crucifica todos los días a un poeta (Jesús tenía treinta y tres años, Jean Arthur también era Cristo crucificado a los treinta y siete).
Pero a ti no te importaba que te escupieran la cara o te olvidaran porque como tú lo decías, nadie puede impedir a un pájaro que cante en la más alta cima, y el poeta derribado es sólo el árbol rojo que señala el comienzo del bosque. "
tellier

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